El verano es una trampa, no lo digo en sentido negativo. La temporada alta es cuando más instalaciones se ponen en marcha, cuando más clientes quieren tenerlo listo, cuando más máquinas se ponen en funcionamiento. Y en junio, julio y agosto todo enfría. El cliente está contento, el instalador cierra la faena y pasa al siguiente trabajo.
Luego llega diciembre, y no será ni la primera ni última llamada que recibo en pleno invierno de instalaciones que cuatro meses antes funcionaban sin problema. El cliente no entiende qué ha pasado. El instalador, muchas veces, tampoco. Porque la puesta en marcha fue correcta y el equipo entregó frío sin queja. Y ahí está el problema: que el verano no pone a prueba una instalación de la misma manera que el invierno.
Hay errores que no aparecen en verano. Aparecen cuando el sistema tiene que trabajar en condiciones que en verano no existen. Temperatura exterior baja, modo calefacción activo, presiones diferentes en el circuito frigorífico, ciclos de funcionamiento más largos. Ese es el momento en que ciertas decisiones de instalación pasan factura.
La carga de refrigerante que nadie revisó
Es probablemente el más silencioso de los errores. En verano, el sistema es capaz de funcionar con una carga de refrigerante ligeramente inferior a la correcta. El compresor trabaja en refrigeración, las presiones son más tolerantes, el rendimiento baja un poco pero no lo suficiente como para generar un aviso de error ni una llamada del cliente.
Llega el invierno y el sistema cambia al modo calefacción, las presiones del circuito se invierten, el compresor trabaja en condiciones diferentes. Y una carga incorrecta que en verano era discreta se convierte en un problema visible: el equipo no llega a la consigna, se activan protecciones, en algunos casos el compresor corta por baja presión.
Tienes que tener en cuenta que en muchos equipos el diagnóstico de error no apunta directamente a la carga. El código de fallo puede ser genérico, de presostato o de temperatura de aspiración, y si no se piensa en la carga como primera hipótesis, se pierde tiempo buscando el problema en otro sitio.
Cuando la instalación se pone en marcha en verano y parece funcionar, conviene medir presiones y verificar la carga en modo frío antes de cerrar. Si se trabaja con los valores justos, en invierno puede no ser suficiente.
Microfugas que el verano no detecta
Las tuberías frigoríficas con microfugas tienen un comportamiento particular.
En temporada de uso activo el circuito está bajo presión de forma continua y cualquier fuga, aunque pequeña, va generando pérdida ligera y constante de refrigerante. Pero cuando el equipo lleva semanas parado (como pasa habitualmente entre el final del verano y el inicio del uso en calefacción) el circuito queda en un estado de presiones estáticas.
En algunas instalaciones que he revisado la fuga era tan pequeña que durante el verano el rendimiento apenas se notaba afectado. El cliente estaba satisfecho, pero luego llega el primer invierno: el equipo no calienta bien, el instalador va a revisar, y las presiones muestran que el refrigerante está bajo.
El punto de la fuga suele estar en las conexiones, en los empalmes de tubería o en alguna válvula que no quedó del todo bien sellada. Nada dramático de localizar cuando sabes lo que buscas. Pero es una vuelta de postventa que se evitaría con una verificación de estanqueidad al cerrar la instalación.
Sobre el papel la verificación ya se hace durante la instalación. Pero una cosa es el vacío que se aplica antes de cargar, otra es que meses después una conexión que quedó al límite empiece a perder. Los dos problemas son distintos.
El termostato y la sonda en el sitio equivocado
Esto lo he visto más veces de las que debería. La ubicación de termostatos y sondas de temperatura es crítica en calefacción de una forma que en refrigeración no lo es tanto. En verano, el sistema busca bajar la temperatura del ambiente, y si el termostato está en una zona ligeramente más fresca de lo habitual (cerca de una ventana con corriente, en una pared bien resguardada, etc.) lo que pasa es que el equipo trabaja un poco más de lo necesario. No es ideal, pero el cliente no llama.
En calefacción es al revés. Si el termostato está en una zona que recibe calor por otra fuente (luz solar directa en invierno, cerca de un radiador u otro emisor de calor como puede ser una chimenea, etc.) el equipo interpreta que el ambiente ya está caliente y corta antes de que el resto del espacio alcance la temperatura deseada. El cliente percibe que el sistema no calienta bien, aunque la máquina esté perfectamente dimensionada y funcionando correctamente.
No será la primera ni la última instalación que reviso y el problema no tenía nada que ver con la máquina, era el termostato. Una reubicación de sonda o un ajuste de zona de lectura de temperatura de referencia resolvía la queja que llevaba semanas generando llamadas.
Tienes que tener en cuenta que en muchas instalaciones la ubicación del termostato se decide en obra con criterios prácticos (donde queda estético, donde hay canalización, donde el cliente quiere verlo) y no siempre pensando en si ese punto representa bien la temperatura del espacio.
La condensadora que en invierno no tiene margen
Este es un problema que en verano es completamente invisible. La unidad exterior en modo calefacción extrae calor del aire ambiente. Cuando la temperatura exterior baja mucho (en zonas con inviernos fríos o simplemente en noches de enero) el intercambiador de la condensadora puede llegar a helarse. La máquina tiene un ciclo de desescarche que invierte momentáneamente el funcionamiento para descongelar el intercambiador. En condiciones normales ese ciclo dura unos minutos y no afecta al confort del usuario.
El problema es cuando la ubicación de la condensadora la expone de forma excesiva a las inclemencias. Orientación muy desfavorable, zona donde se acumula humedad o hay corrientes de aire frío, sin ningún tipo de protección frente a la lluvia directa o las heladas. En esas condiciones los ciclos de desescarche se hacen más frecuentes y más largos, el rendimiento del sistema cae de forma significativa, y en casos extremos el equipo puede estar más tiempo en desescarche que en calefacción activa.
En verano esa condensadora funcionaba sin ningún problema visible. La ubicación no afecta al rendimiento en refrigeración de la misma manera. El primer invierno frío es cuando aparece el síntoma.
Conviene revisar la ubicación de la condensadora pensando siempre en las condiciones de invierno, no solo en la logística de instalación o en el espacio disponible. Si la ubicación tiene riesgo, existe la posibilidad de añadir algún tipo de protección o cubierta, aunque hay que hacerlo sin comprometer la circulación de aire, que es otro error frecuente.
Qué conviene revisar antes de que llegue el frío
No es un protocolo de mantenimiento (eso da para otro artículo) pero sí hay algunas cosas que merece la pena verificar antes de cerrar una instalación de verano y dejarla hasta el otoño.
Verificar presiones y carga en frío antes de dar por terminada la puesta en marcha, no solo comprobar que el equipo enfría. Si las condiciones lo permiten, comprobar que el ciclo inverso funciona: que la válvula de cuatro vías funciona y el equipo responde al cambio de modo. No es una prueba de rendimiento en calefacción, pero descarta problemas básicos antes de que llegue el frío. Revisar la ubicación del termostato con la instalación en marcha, no solo en plano. Y mirar la condensadora con ojos de invierno: dónde queda expuesta, si la ubicación puede generar problemas con heladas o acumulación de humedad.
Nada de esto alarga mucho la faena, pero evita la llamada de diciembre.
El error más común que me encuentro en estas situaciones no es una negligencia técnica. Es que la puesta en marcha se hace en las condiciones del momento y nadie piensa en cómo funcionará el sistema seis meses después. Una cosa es instalar correctamente, otra es anticiparse. El verano te deja avanzar. El invierno te obliga a comprobar si lo hiciste bien.