Cuanto más tiempo llevo dedicándome a la ventilación, menos importancia le doy a algunos datos de catálogo… y más importancia doy a detalles que casi nadie pregunta.
Un recuperador de calor puede anunciar un rendimiento del 96 %, pero si el aire no circula por donde debe, ese dato deja de tener prácticamente ningún valor.
Hace ya más de dieciséis años empecé instalando equipos de ventilación. Tuve la suerte de trabajar desde el principio con instalaciones donde la calidad del aire no era una opción ni un argumento comercial, era el objetivo.
Aquello nos obligaba a utilizar sistemas que garantizasen estanqueidad, durabilidad y un funcionamiento fiable durante muchos años. Sin darme cuenta, esa forma de trabajar terminó condicionando mi manera de entender la ventilación.
Con los años pasé de instalar a vender, proyectar, prescribir y asesorar técnicamente. Ese cambio me ha permitido ver la ventilación desde los dos lados: desde el instalador que tiene que resolver problemas en obra y desde el técnico que revisa proyectos y ayuda a elegir la solución más adecuada.
He visitado viviendas unifamiliares, promociones de obra nueva, rehabilitaciones, edificios de consumo casi nulo, viviendas Passivhaus… y, después de todo este tiempo, sigo llegando prácticamente a la misma conclusión.
Hemos conseguido que la ventilación entre en los proyectos, pero todavía no hemos conseguido que entre la buena ventilación. Porque en muchas viviendas la prioridad sigue siendo poner algo. Hacerlo bien… eso ya escasea.
Cuando un cliente me pregunta si hay uno más barato
«Cristian, ¿no tienes un recuperador un poco más económico?» Y mi respuesta siempre es la misma, claro que sí.
Como distribuidor sería absurdo decir que no. Existen alternativas para prácticamente cualquier presupuesto y, además, una instalación más económica no tiene por qué ser una mala instalación si detrás existe un criterio técnico que marque unas pautas mínimas.
Pero entonces intento cambiar la pregunta. No deberíamos preguntarnos si existe uno más barato. Deberíamos preguntarnos por qué es más barato.
Porque muchas veces la diferencia no está donde la gente cree. No suele estar en una pantalla más moderna, una aplicación móvil más vistosa o una función adicional que probablemente nunca se utilice. Muchas veces está escondida donde nadie mira.
En cómo está construido el equipo. En la calidad de las juntas. En el ajuste de los filtros. En el diseño del bypass. En la estanqueidad del intercambiador. En detalles que nunca aparecen en la fotografía del catálogo y que condicionan el equipo durante toda su vida útil.
El dato que casi nadie pregunta
Cuando hablamos de recuperadores solemos comparar el rendimiento térmico, el consumo eléctrico, el nivel sonoro o el tipo de filtros. Pero muy pocas veces alguien pregunta cuál es la clasificación de estanqueidad del equipo o cuál es su nivel de fugas internas.
Esa característica condiciona directamente todo lo demás. Porque la pregunta realmente importante es muy sencilla: ¿todo el aire que mueve el ventilador está pasando realmente por el intercambiador?
En demasiadas ocasiones, la respuesta es no.
El corazón del equipo no es el equipo
Aquí viene una de las cosas que más me sorprende. Hay fabricantes que anuncian orgullosos que el intercambiador alcanza rendimientos del 94 %, del 95 % o incluso del 96 %.
Y no digo que ese dato sea falso. Lo que digo es que el intercambiador no es el recuperador. El corazón del equipo puede ser excelente pero estar dentro de un cuerpo que pierde aire por todos lados, y entonces ese 96 % deja de significar nada.
Al usuario no le interesa el rendimiento de una pieza. Le interesa el rendimiento del conjunto. Y ahí es donde empiezan las diferencias entre equipos que, sobre el papel, parecen prácticamente iguales.
Lo que sigo encontrando en muchos equipos
Durante estos años me he encontrado equipos aparentemente excelentes que esconden defectos de diseño difíciles de apreciar para quien únicamente consulta un catálogo. Y no, no me refiero a averías, hablo de diseño.
Algunos recuperadores hemos visto cuya construcción no garantiza una correcta estanqueidad entre corrientes de aire. Filtros que quedan holgados desde fábrica y permiten que parte del aire pase sin filtrar. Compuertas de bypass sin juntas de estanqueidad. Pasos de cableado de sondas que comunican cámaras que deberían permanecer completamente aisladas.
Puede parecer que son pequeños detalles pero… No lo son.
Cada una de esas fugas hace que parte del caudal deje de seguir el recorrido previsto. Eso significa que el ventilador mueve aire que no atraviesa correctamente el intercambiador, reduciendo el rendimiento del conjunto.
Pero además ocurre algo todavía más importante. Ese aire limpio que debería impulsarse a la vivienda puede mezclarse parcialmente con el aire de extracción o generar turbulencias que vuelvan a poner en suspensión partículas retenidas en los filtros. Y todo eso sucede dentro del recuperador, donde el usuario jamás podrá verlo.
Cuando el recuperador deja de recuperar
El funcionamiento de un recuperador parece sencillo. Extraer aire viciado. Aprovechar su energía mediante el intercambiador. Introducir aire exterior previamente acondicionado.
Pero todo ese proceso solo funciona si ambos circuitos permanecen completamente separados. Cuando aparecen fugas internas empiezan a producirse efectos que rara vez aparecen reflejados en una ficha técnica.
El primero es obvio: el rendimiento del conjunto cae, pero hay efectos menos visibles. Los caudales de impulsión y extracción se desequilibran, los ventiladores trabajan fuera de su punto óptimo y el consumo y desgaste sube. También pueden aparecer condensaciones donde no están previstas. Y luego está esa contaminación cruzada que describía antes, siempre presente si no se respeta la separación de los circuitos.
Lo más llamativo es que el usuario normalmente no detecta ninguno de estos problemas. Simplemente piensa que el recuperador funciona.
La gran olvidada: la calidad del aire interior
Durante muchos años utilicé un pequeño truco con algunos clientes. Cuando alguien me decía: «La ventilación tampoco es tan importante para mí.» No intentaba convencerle con normativa ni con gráficos. Le dejaba durante una semana un medidor de calidad del aire en su vivienda. Solo eso. Junto al equipo había una hoja donde marcaba qué valores eran aceptables y cuáles empezaban a ser preocupantes.
El resultado casi siempre era el mismo. Muchos clientes se sorprendían, incluso algunos se alarmaban. No porque los valores hubieran alcanzado niveles preocupantes, sino porque no somos conscientes de lo que respiramos.
No tenemos un medidor de CO₂ incorporado en el cerebro. Nuestro organismo se adapta y normaliza situaciones que no deberían ser normales. Y cuando el cliente entiende eso, deja de ver la ventilación como una obligación del proyecto y empieza a verla como una inversión en salud.
Nos obsesiona la eficiencia… hasta que hablamos del recuperador
Somos capaces de debatir durante semanas si una ventana tiene un Uw de 0,9 o de 1,1 W/m²·K. Invertimos en sistemas SATE. En aerotermia. En instalaciones fotovoltaicas. En aislamientos de altas prestaciones. Realizamos ensayos de hermeticidad del edificio. Sellamos cuidadosamente cualquier paso de instalaciones.
Pero después aceptamos instalar un recuperador con esas mismas fugas internas. Es una contradicción que sigo viendo con demasiada frecuencia.
La estanqueidad también depende del instalador
Sería injusto responsabilizar únicamente al fabricante y en alguna ocasión he visto magníficos recuperadores perder buena parte de sus prestaciones por una instalación deficiente, ya sea por conductos mal sellados, conexiones incompatibles o flexibles mal ejecutados.
La distribución es uno de los puntos donde más se pierde. Existen sistemas pensados para garantizar la hermeticidad de la red, y conviene usarlos. Improvisar una caja de distribución y sellar a base de espuma de poliuretano no es una solución, es el origen del siguiente problema.
La estanqueidad no pertenece únicamente al recuperador. Pertenece al sistema completo. Y una cadena siempre es tan fuerte como su eslabón más débil.
Una reflexión para terminar
Cada vez construimos viviendas más herméticas. Y eso es una excelente noticia, pero también implica una mayor responsabilidad. Empiezan a aparecer viviendas prácticamente nuevas con problemas de humedad, condensaciones, moho, concentraciones elevadas de CO₂ o niveles de radón.
La ventilación en viviendas ya no puede entenderse como un simple requisito para cumplir una normativa. Es una instalación que influye directamente en la salud y el bienestar de quienes viven dentro de esa casa, lugares donde pasamos más tiempo de lo que pensamos.
Después de tantos años dedicándome a este sector he aprendido una cosa. Cuando alguien termina una vivienda, enseña la cocina, el suelo, las ventanas o la aerotermia. Nadie enseña el sistema de ventilación y, sin embargo, probablemente sea una de las instalaciones que más influirá en cómo se vive dentro de esa vivienda durante los próximos veinte años.
Por eso sigo pensando exactamente igual que cuando empecé. No se trata de instalar el recuperador más caro, ni el que tenga el catálogo más bonito. Se trata de instalar un equipo que haga exactamente aquello para lo que fue diseñado. Porque la mejor ventilación no es la que anuncia el mayor rendimiento en un catálogo. Es la que consigue que cada litro de aire recorra exactamente el camino para el que fue diseñado.